miércoles, 9 de diciembre de 2015

Dispara

Dos años desde aquel día en que mi oasis de felicidad se esfumo entre mis dedos, y desde entonces la bala grita rogando que la dejen salir, que la liberen de la prisión de esa pistola, que ella no quiere estar ahí, supongo que es un poco tú, huir a cualquier precio, llevándote por delante la vida de quien sea, la mía. 

Lamías mis heridas cada noche y al amanecer las abrías de par en par, y yo sólo pensaba en aquellos niños de aquella peli de Amenábar; no me podía dar tu luz porque moría, no yo pero sí todo lo que quería de mí, tampoco mucho. 

Volviendo a las heridas, sé que estoy mejor sin ti, también sé que siempre fui un poco bala, perdida. Pero tú siempre dabas en la diana. Fuimos carne de cañón, supongo. Y los tambores de todas las pistolas del mundo se rieron de nosotros en nuestra puta cara de muertos en vida, vivos en muerte, muertos vivientes, al ritmo de todas las canciones que nunca hablaron de nosotros.

Huele a pólvora y ruinas por todas partes, y creo que soy yo, quemándome.

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